lunes, 25 de noviembre de 2013

Sargento Aldea



La lluvia con su eternidad de agujas,
hizo que me enamorara de tu existencia sagrada.
Oh! Sargento Aldea, cósmica calle de plata.

Aún sobrevives en las lejanas orillas del Poniente Metropolitano.
Hoy tus veredas están ausentes y tristes.
Ya no hay niños sumergidos en tu acuario gris.

Varios de tus hijos ya no están.
Algunos se fueron en busca de prosperidad,
otros murieron,
pero viven todavía en los invisibles límites del viento
que generan tus árboles.

Desde aquí, recuerdo tu cuerpo que se levantaba 
cada día con cicatrices
por diluvios que no soportaste.
Chorros de sangre café hicieron público tus carencias y pesares,
y tus austeras casitas, con jardines y verjas, 
violadas por la indomable naturaleza,
 hicieron que naciera en mí, el rencor a esta Patria ajena.

Pero en tu desnudez, en tu orfandad marginal,
en tu desdicha,
 seguías teniendo esa estética celestial de cisne,
esos atardeceres naranjos  cuya luz inundó de ternura nuestras vidas
y esa nostalgia de marraqueta de almacén,
que solo los justos pueden seguir soñando.

Noches sin tiempo ni forma.
Noches fortuitas iluminadas por violentos  relámpagos que creaban
la eternidad del presente haciendo gemir tus jardines,
 mostrando con toda claridad, al fin,
tu precariedad deliberada.

A pesar de todas esas agresiones divinas,
todavía proteges la piedad y amistad de tus cariñosos árboles, que,
entre rejas y murallas,  fueron el refugio de mis lágrimas.

Eres nuestra madre que nos cobijó cuando éramos niños
en esa época en que nuestras sonrisas procaces
vencían el sinsentido de la vida.

Fuiste el lugar en donde supe que Dios es redondo,
y su dogma: el Gol.
Fuiste el lugar en que por única vez, me sentí entre iguales.

¿Qué sería de mi vida si no pudiera caminar por tus infinitas calles?
¿Qué sería de mi vida si no pudiera prefigurar en mis sueños, las sombras
que proyectan tus árboles piadosos?

¿Aún existes, sagrada calle de plata?

Esos niños -tus hijos-que caminaron y se enamoraron en tu vientre,
¿lograremos la libertad?

¿Por qué mi Patria me separó de ti, de tus enredaderas,
de tus esquinas,
de tus atardeceres en placitas desoladas que generaron
el único silencio que me hizo sentir la eternidad ?

¿Aún existes, sagrada calle de plata?

¿Qué fue de tus colores?
¿En tus murallas estarán todavía inscritas
 nuestras promesas de adolescentes enamorados?
¿Qué fue del sosiego de las viejitas en sus bancas de madera, 
contemplando
el fluir del tiempo en medio de la tarde?
¿Dónde están tus hijos que llevan su origen escrito en sus caras?
¿Dónde está la serenidad y la mirada extraviada de los caras de vinagre?
¿Qué fue de mi melancólico palto?
¿Existen todavía esos reinos en forma de almacenes,
mágicos lugares en donde reposaba nuestra alma?
¿Podré algún día mirar desde el techo del 896,
la democrática paz celeste?

En tus orillas habita un universo que no tendrá fin.
El día y su luz iridiscente seguirá expandiendo tu Ser.
En las láminas del viento con su música de violín,
seguirán viviendo nuestros muertos.
Y la noche, la unánime noche,  seguirá construyendo 

la sospechosa naturaleza de tu frágil existencia en blanco y negro.





FESSOA
26 de noviembre, 2013.