La lluvia con su eternidad de agujas,
hizo que me enamorara de tu existencia
sagrada.
Oh! Sargento Aldea, cósmica calle de
plata.
Aún sobrevives en las lejanas orillas del
Poniente Metropolitano.
Hoy tus veredas están ausentes y tristes.
Ya no hay niños sumergidos en tu acuario
gris.
Varios de tus hijos ya no están.
Algunos se fueron en busca de prosperidad,
otros murieron,
pero viven todavía en los invisibles
límites del viento
que generan tus árboles.
Desde aquí, recuerdo tu cuerpo que se
levantaba
cada día con cicatrices
por diluvios que no soportaste.
Chorros de sangre café hicieron público
tus carencias y pesares,
y tus austeras casitas, con jardines y
verjas,
violadas por la indomable naturaleza,
hicieron que naciera en mí, el
rencor a esta Patria ajena.
Pero en tu desnudez, en tu orfandad
marginal,
en tu desdicha,
seguías teniendo esa estética
celestial de cisne,
esos atardeceres naranjos cuya luz
inundó de ternura nuestras vidas
y esa nostalgia de marraqueta de almacén,
que solo los justos pueden seguir soñando.
Noches sin tiempo ni forma.
Noches fortuitas iluminadas por violentos
relámpagos que creaban
la eternidad del presente haciendo gemir
tus jardines,
mostrando con toda claridad, al fin,
tu precariedad deliberada.
A pesar de todas esas agresiones divinas,
todavía proteges la piedad y amistad de
tus cariñosos árboles, que,
entre rejas y murallas, fueron el
refugio de mis lágrimas.
Eres nuestra madre que nos cobijó cuando
éramos niños
en esa época en que nuestras sonrisas
procaces
vencían el sinsentido de la vida.
Fuiste el lugar en donde supe que Dios es
redondo,
y su dogma: el Gol.
Fuiste el lugar en que por única vez, me
sentí entre iguales.
¿Qué sería de mi vida si no pudiera
caminar por tus infinitas calles?
¿Qué sería de mi vida si no pudiera
prefigurar en mis sueños, las sombras
que proyectan tus árboles piadosos?
¿Aún existes, sagrada calle de plata?
Esos niños -tus hijos-que caminaron y se
enamoraron en tu vientre,
¿lograremos la libertad?
¿Por qué mi Patria me separó de ti, de tus
enredaderas,
de tus esquinas,
de tus atardeceres en placitas desoladas
que generaron
el único silencio que me hizo sentir la
eternidad ?
¿Aún existes, sagrada calle de plata?
¿Qué fue de tus colores?
¿En tus murallas estarán todavía inscritas
nuestras promesas de adolescentes
enamorados?
¿Qué fue del sosiego de las viejitas en
sus bancas de madera,
contemplando
el fluir del tiempo en medio de la tarde?
¿Dónde están tus hijos que llevan su
origen escrito en sus caras?
¿Dónde está la serenidad y la mirada
extraviada de los caras de vinagre?
¿Qué fue de mi melancólico palto?
¿Existen todavía esos reinos en forma de
almacenes,
mágicos lugares en donde reposaba nuestra
alma?
¿Podré algún día mirar desde el techo del
896,
la democrática paz celeste?
En tus orillas habita un universo que no
tendrá fin.
El día y su luz iridiscente seguirá
expandiendo tu Ser.
En las láminas del viento con su música de
violín,
seguirán viviendo nuestros muertos.
Y la noche, la unánime noche,
seguirá construyendo
la sospechosa naturaleza de tu frágil
existencia en blanco y negro.
FESSOA
26 de noviembre, 2013.
