Fue una noche típica en los
barrios de casas bajas de Santiago, esas noches en que la oscuridad y la luna simplifican las calles y hacen
desaparecer sus rincones. Ese día caminaba distraído hacia Matucana y mientras me
acercaba a la esquina de
Huérfanos con Esperanza, sentí por primera vez el sabor del peligro. Dos
hombres emergieron repentinamente y me amenazaron con un puñal. Obviamente nada memorable ocurrió después del
asalto. No exhumé una piedra para golpearlos y arrancar como ocurriría en las
películas. Apenas recuerdo esa sensación de querer perdurar y no morir.
