Ilusorio ayer
Fue en esas horas en que la tarde inundaba de ternura las calles en el Poniente de Santiago, cuando mi madre me informó que nos iríamos de casa.
Ese
día -recuerdo- mis lágrimas rompieron en mis párpados.
Han pasado diez años y volví a esas calles. De
ese ilusorio ayer, solo quedan nuestras
promesas de adolescentes enamorados inscritas en las murallas de la
antigua escuela pública de la esquina, y el sonido ausente de nuestras sonrisas
procaces que vencieron el sinsentido de la vida cuando fuimos niños.
-"El reino de los
almacenes fue destruido por el imperio de los supermercados"-, pensé.