miércoles, 31 de julio de 2013

Veleta Voluble.



Veleta Voluble

En este infatigable y tormentoso océano de vida,
le  pido a los astros de mi infancia
que te protejan , Oh! veleta voluble.

Amada, heredera de la eternidad:
Te  encontré en esa placita
de flores transparentes,
cuando dormías y respirabas, y
todo a tu alrededor brillaba
por sí mismo.

¡Oh Veleta Voluble!
Ansiosa de infinitos.
Cándida armonía solitaria.

En ese momento de quietud, pude contemplar,
gracias a tus ojos que de todo se asombran,
el silencio ausente del pájaro dormido
de aquella infancia ilusoria
de mi vida sin propósito.

¡Cuán lleno de flores estaba esa placita
de cósmicas calles inciertas!
Eras tú y los fríos vientos suspendidos
en el afuera, en esa objetividad
aparente.
Me di cuenta, entonces, que la eternidad
siempre estuvo ahí:
En esa mezcla de árboles piadosos, de estrechas
calles vacías y de tus infinitos besos florales.
Fue ahí cuando prefiguré por primera vez
tu rostro de semilla,  reflejo fresco del otoño.

De todas formas, quise  aplicar mi odio en tu corazón,
porque tu  existencia fecunda y hermosa,
me hacía recordar sensaciones  y desdichas
que pensé había olvidado.

Pero no pude odiarte, Brújula Misteriosa, y te amé.

La sencillez de tu cálida existencia, que hace florecer
los aromos en invierno,
me hizo  recuperar el cielo y sus nubes enlutadas
y  la serenidad de mis atardeceres cuando se consumían en
los horizontes finales de mi Poniente eterno.

Cada día actualizo mi asombro frente a la pureza desnuda de tu ser,
y  la eternidad de tu ternura virginal.
Acaso ¿no eres tú mi sueño y la pura esencia que
trae a mi memoria el ayer y de lo porvenir?

Frente a las profundidades del silencio fugitivo,
me embriagué en el éxtasis de tu  existencia desnuda.
¡Éxtasis!
Eras tú frente a la unanimidad de la noche y de lo sublime.
En esa realidad fortuita que ya no existe,
intentaba que mis palabras viajaran  hacia tu presencia ausente,
pero se extinguían por la arbitrariedad del tiempo,
y se congelaban hasta romperse  
en el vacío del afuera irreal e inefable.

Fue ahí cuando me dije: necesito que  esa sustancia falaz del tiempo
y de su  irreal afuera espacial,
desaparezcan.
De ese modo–pensé- puedo vivir contigo desde la eternidad del instante,
en la actualidad del ahora.

Mirando ya el cielo libre  y su democrática paz celeste, rogué:
Que la llave de la eternidad  -el silencio-, me permitiera
entrar en tus zonas mudas: lo único real y definido fuera de lo definible.

De esa manera,  –concluí- podré llevarte
a ese lugar donde no es,
y decirte que:  siempre te esperaré
en la esperanza del porvenir.
Porque te conozco y te amo,
Veleta Voluble.


F.C.G.