En
este infatigable y tormentoso océano de vida,
le pido a los astros de mi infancia
que
te protejan , Oh! veleta voluble.
Amada,
heredera de la eternidad:
Te
encontré en esa placita
de
flores transparentes,
cuando
dormías y respirabas, y
todo
a tu alrededor brillaba
por
sí mismo.
¡Oh
Veleta Voluble!
Ansiosa
de infinitos.
Cándida
armonía solitaria.
En
ese momento de quietud, pude contemplar,
gracias
a tus ojos que de todo se asombran,
el
silencio ausente del pájaro dormido
de
aquella infancia ilusoria
de
mi vida sin propósito.
¡Cuán
lleno de flores estaba esa placita
de
cósmicas calles inciertas!
Eras
tú y los fríos vientos suspendidos
en
el afuera, en esa objetividad
aparente.
Me
di cuenta, entonces, que la eternidad
siempre
estuvo ahí:
En
esa mezcla de árboles piadosos, de estrechas
calles
vacías y de tus infinitos besos florales.
Fue
ahí cuando prefiguré por primera vez
tu
rostro de semilla, reflejo fresco del
otoño.
De
todas formas, quise aplicar mi odio en tu
corazón,
porque
tu existencia fecunda y hermosa,
me
hacía recordar sensaciones y desdichas
que
pensé había olvidado.
Pero
no pude odiarte, Brújula Misteriosa, y te amé.
La
sencillez de tu cálida existencia, que hace florecer
los
aromos en invierno,
me
hizo recuperar el cielo y sus nubes
enlutadas
y
la serenidad de mis atardeceres cuando
se consumían en
los
horizontes finales de mi Poniente eterno.
Cada
día actualizo mi asombro frente a la pureza desnuda de tu ser,
y la eternidad de tu ternura virginal.
Acaso
¿no eres tú mi sueño y la pura esencia que
trae
a mi memoria el ayer y de lo porvenir?
Frente
a las profundidades del silencio fugitivo,
me
embriagué en el éxtasis de tu existencia
desnuda.
¡Éxtasis!
Eras
tú frente a la unanimidad de la noche y de lo sublime.
En
esa realidad fortuita que ya no existe,
intentaba
que mis palabras viajaran hacia tu
presencia ausente,
pero
se extinguían por la arbitrariedad del tiempo,
y
se congelaban hasta romperse
en
el vacío del afuera irreal e inefable.
Fue
ahí cuando me dije: necesito que esa
sustancia falaz del tiempo
y
de su irreal afuera espacial,
desaparezcan.
De
ese modo–pensé- puedo vivir contigo desde la
eternidad del instante,
en
la actualidad del ahora.
Mirando
ya el cielo libre y su democrática paz
celeste, rogué:
Que
la llave de la eternidad -el silencio-,
me permitiera
entrar
en tus zonas mudas: lo único real y definido fuera de lo definible.
De esa manera, –concluí- podré llevarte
a
ese lugar donde no es,
y
decirte que: siempre te esperaré
en
la esperanza del porvenir.
Porque
te conozco y te amo,
Veleta
Voluble.
F.C.G.
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