Hace pocos minutos terminé un proceso
que me embriagó -por casi una década- de vigilias con Borges y Enrique Lihn,
cafeína, de entender a Wittgenstein y las Residencias de Neruda,de escuchar a
Spinetta mientras estudiaba derecho (disciplina que aprendí a amar a mí
manera). En esa década hice de la literatura, la filosofía y el estudio del
derecho mi vida. Una forma, una apuesta sin retorno, si se quiere, de escapar
de un mundo que no elegí, del desarraigo y de la "felicidad de los
tristes", como le escuché alguna vez a una persona que ya no recuerdo. La
decisión de estudiar derecho -a los 18 años, algo que mirado a la distancia me
resulta inverosímil- fue fortuita y trivial. No vengo de una familia de
herederos que me haya transmitido -y ordenado- continuar una dinastía de
abogados. Nada de eso. Pero tampoco importa el motivo o la causa de mi elección
que hoy me tiene aquí frente a un título de abogado, mientras escribo esto en
esta "quietud que ronda a mi muerte sin tener presagios de lo que
vendrá", para citar a mi amado Spinetta. Mi
presencia insignificante en este mundo en nada interrumpe
nuestra inevitable agonía (aún me queda esa poderosa influencia que generó en
mi la filosofía y poesía pesimista de Schopenhauer, Mainlander, Ciorán y
el poeta Pessoa).
Sin embargo, lo que
hoy me concierne en mi esencia y lo que quiero transmitir en estos momentos es
otra cosa. Lo que quiero manifestar es lo que aprendí y descubrí en mi
experiencia universitaria y el deber que tengo (tenemos) ante las personas
esenciales de mi vida y nuestro país.
El deber elemental de
todo estudiante universitario -ya sea de origen proletario o un heredero- es su
formación cultural e intelectual. Luego, por añadidura casi,
viene la profesión u oficio que se eligió. Ser profesional en "algo",
cuya certificación por medio de un título no significa más que exonerarme de
acreditar únicamente que el conocimiento técnico que adquirí en
esos largos estudios los manejo y soy capaz de prestar un servicio
razonable desde ese saber-experto. Pensar que la universidad sólo te
brindará un título profesional, pensar a la universidad de ese modo, no solo es
insuficiente sino que un grave error. La universidad no fue creada para eso.
Esta dictadura del saber-técnico nunca fue y debe ser el valor más propio y
final en la misión de una universidad. No hay otro momento, tal vez, en la vida
de una persona en donde más intensamente se pueda reflexionar sobre qué
significa vivir correctamente, de cómo es posible el conocimiento humano,
de cómo es posible el convivir humano en paz y respeto, preguntarse, a su vez,
qué arreglos institucionales y políticos requiere este país
para lograr bienestar y corregir la grosera desigualdad que quema
cada día y, tal vez, la pregunta que hoy más me inquieta: ¿cómo es posible
el entendimiento humano ante la multitud de subjetividades presentes?
No puedo entender que un
buen profesional que reclama reconocimiento para sí y que
persigue prestigio y luego presumir de él,
sea únicamente una persona eficiente, competitiva, astuta y
sagaz, que ejecuta nada más y no delibere, y que sea incapaz
de discernir si su decir, su actuar, sus modos son o no correctos y que
sea inepto a la hora de distinguir qué dichos, qué actuar, qué formas pueden
generar un daño en el otro, especialmente cuando te encuentras en una
posición de autoridad o de mando o, finalmente, mientras convives cada día con
un otro.
Cada generación va heredando
una trayectoria vital colmada de experiencias, de errores, de prácticas,
de conocimiento, de creencias y principios morales que constituyen nuestro
convivir, y ante esto, y como le aprendí a Ortega y Gasset, es deber de
cada generación estar a la altura de los tiempos, y los universitarios,
quizás, como nadie, estén en mejores condiciones de alcanzar este ideal de
perfección que toda empresa humana debería perseguir
En mi porvenir, sólo espero estar a la altura de los tiempos.
Gracias a todos mis seres amados.
Es todo cuanto puedo decir en este día.
saludos fraternos,
F.C.G.