viernes, 10 de julio de 2015

EN FIN


EN FIN

Joyce
En un día del hombre están los días
del tiempo, desde aquel inconcebible
día inicial del tiempo, en que un terrible
Dios prefijó los días y agonías
hasta aquel otro en que el ubicuo río
del tiempo terrenal torne a su fuente,
que es lo Eterno, y se apague en el presente,
el futuro, el ayer, lo que ahora es mío.
Entre el alba y la noche está la historia
universal. Desde la noche veo
a mis pies los caminos del hebreo,
Cartago aniquilada, Infierno y Gloria.
Dame, Señor, coraje y alegría
para escalar la cumbre de este día"



Jorge Luis Borges


Hace pocos minutos terminé un proceso que me embriagó -por casi una década- de vigilias con Borges y Enrique Lihn, cafeína, de entender a Wittgenstein y las Residencias de Neruda,de escuchar a Spinetta mientras estudiaba derecho (disciplina que aprendí a amar a mí manera). En esa década hice de la literatura, la filosofía y el estudio del derecho mi vida. Una forma, una apuesta sin retorno, si se quiere, de escapar de un mundo que no elegí, del desarraigo y de la "felicidad de los tristes", como le escuché alguna vez a una persona que ya no recuerdo. La decisión de estudiar derecho -a los 18 años, algo que mirado a la distancia me resulta inverosímil- fue fortuita y trivial. No vengo de una familia de herederos que me haya transmitido -y ordenado- continuar una dinastía de abogados. Nada de eso. Pero tampoco importa el motivo o la causa de mi elección que hoy me tiene aquí frente a un título de abogado, mientras escribo esto en esta "quietud que ronda a mi muerte sin tener presagios de lo que vendrá", para citar a mi amado Spinetta. Mi presencia insignificante en este mundo en nada interrumpe nuestra inevitable agonía (aún me queda esa poderosa influencia que generó en mi la filosofía y poesía pesimista de  Schopenhauer, Mainlander, Ciorán y el poeta Pessoa).
 Sin embargo, lo que hoy me concierne en mi esencia y lo que quiero transmitir en estos momentos es otra cosa. Lo que quiero manifestar es lo que aprendí y descubrí en mi experiencia universitaria y el deber que tengo (tenemos) ante las personas esenciales de mi vida y nuestro país. 

El deber elemental de todo estudiante universitario -ya sea de origen proletario o un heredero- es su formación cultural e intelectual. Luego, por añadidura casi, viene la profesión u oficio que se eligió. Ser profesional en "algo", cuya certificación por medio de un título no significa más que exonerarme de acreditar únicamente que el conocimiento técnico que adquirí en esos largos estudios los manejo y soy capaz de prestar un servicio razonable desde ese saber-experto. Pensar que la universidad sólo te brindará un título profesional, pensar a la universidad de ese modo, no solo es insuficiente sino que un grave error. La universidad no fue creada para eso. Esta dictadura del saber-técnico nunca fue y debe ser el valor más propio y final en la misión de una universidad. No hay otro momento, tal vez, en la vida de una persona en donde más intensamente se pueda reflexionar sobre qué significa vivir correctamente, de cómo es posible el conocimiento humano, de cómo es posible el convivir humano en paz y respeto, preguntarse, a su vez, qué arreglos institucionales y políticos requiere este país para lograr bienestar y corregir la grosera desigualdad que quema cada día y, tal vez, la pregunta que hoy más me inquieta: ¿cómo es posible el entendimiento humano ante la  multitud de subjetividades presentes?
No puedo entender que un buen profesional que reclama reconocimiento para sí y que persigue prestigio y luego presumir de él, sea únicamente una persona eficiente, competitiva, astuta y sagaz, que ejecuta nada más y no delibere,  y que sea incapaz de discernir si su decir, su actuar, sus modos son o no correctos y que sea inepto a la hora de distinguir qué dichos, qué actuar, qué formas pueden generar un daño en el otro, especialmente cuando te encuentras en una posición de autoridad o de mando o, finalmente, mientras convives cada día con un otro.

Cada generación va heredando una trayectoria vital colmada de experiencias, de errores, de prácticas, de conocimiento, de creencias y principios morales que constituyen nuestro convivir,  y ante esto, y como le aprendí a Ortega y Gasset, es deber de cada generación estar a la altura de los tiempos, y los universitarios, quizás, como nadie, estén en mejores condiciones de alcanzar este ideal de perfección que toda empresa humana debería perseguir

En mi porvenir, sólo espero estar a la altura de los tiempos.

Gracias a todos mis seres amados.


Es todo cuanto puedo decir en este día.

saludos fraternos,


F.C.G.

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