martes, 2 de abril de 2013

El estar ahí (o las Calles de Borges)



Comienzo arbitrariamente este espacio banal y ligero -de notas y breves observaciones sobre filosofía y poesía, veredas y árboles, lluvia y sosiego, política y democracia-  con un poema que leí hace algunos años y que no olvidé jamás; "ya es mi entraña". Este es un poema que escribió Borges en su juventud, en esa época en la que el escritor argentino le cantó a los arrabales, a las casitas bajas que apenas se asoman, a los atardeceres, a Evaristo Carriego y su "chusma cósmica sagrada".

Este poema se llama, "Las Calles", de su extraordinario libro "Fervor de Buenos Aires" de 1923 (si no me falla la memoria).

Antes de irme, debo advertirles que cuando leí este poema,  me imaginé mi calle San Pablo (pero no su versión céntrica, sino la del otro lado, esa que pende de un hilo, la más severa, la del intenso, sufrido y triste sector Poniente de Santiago).



LAS CALLES

Las calles de Buenos Aires
ya son mi entraña.
No las ávidas calles,
incómodas de turba y de ajetreo,
sino las calles desganadas del barrio,
casi invisibles de habituales,
enternecidas de penumbra -y de ocaso
y aquellas más afuera
ajenas de árboles piadosos
donde austeras casitas apenas se aventuran,
abrumadas por inmortales distancias,
a perderse en la honda visión
de cielo y de llanura.
Son para el solitario una promesa
porque millares de almas singulares las pueblan,
únicas ante Dios y en el tiempo
y sin duda preciosas.
Hacia el Oeste, el Norte y el Sur
se han desplegado —y son también la patria— las calles;
ojalá en los versos que trazo
estén esas banderas.

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