Son las 1:14 am., y como de costumbre leo algún poema o cuento de Borges o de algún otro poeta o escritor de mi gusto literario o filosófico. Para mí leer a Borges, Neruda, Schopenhauer, Ciorán o a Wittgenstein es más importante que amar o que tomarme un rico café escuchando al Flaco Spinetta o, incluso, hasta cuando recuerdo mis barrios, a mi calle San Pablo del irreal y sufrido Poniente de Santiago, y de todas las demás calles, amigos, almacenes, niñas que amé, noches que pendían de un hilo en blanco y negro que he olvidado y que ya son parte de mi ilusorio ayer.
La literatura ya es mi entraña, mi único alimento, y la poesía es mi felicidad ilusoria, mi tristeza real y mi única morada imaginaria. En ella quiero habitar y nunca más salir de ahí. Es el único lugar en el que me siento seguro y consciente de mí mismo.
Lo demás no me interesa.....
Este mundo exterior que se construye desde la hostilidad y la estupidez, especialmente en este país de gente absurda que ostenta vulgarmente cosas de una trivialidad sorprendente, la que ignora que cada uno de nosotros necesita del otro para ser mejor, y que, además, no es consciente de nuestras miserias y de que algún día moriremos. Lo primero lo puedo aceptar, este es un país de primitivos que aún no sale de su estado de naturaleza, pero lo segundo, me cuesta entenderlo; ese hecho irrefutable de que algún día moriremos se intuye, no hay que estudiarlo en la escuela o en la universidad. .
El ser humano tal y como se ha constituido, me oprime y me hace profundamente infeliz. Si pudiera prescindir de él, lo haría irrevocablemente. Lo único que me alivia, por ahora, es pensar que mi vida es un sueño, pensada y administrada por otro sentado en su escritorio mientras estudia para su examen de grado.
En este sentido, para volver a lo que quiero anotar hoy, y para demostrarles que la literatura sí vale la pena vivirla y respirarla, -y perdonen toda la impertinencia de más arriba- les cuento que estuve leyendo un libro del escritor argentino llamado, "Discusiones" de 1932, el capitulo "La duración del infierno", y en su parte final, Borges dice lo siguiente:
"En esta página de mera noticia puedo comunicar también la de un sueño. Soñé que salía de otro —populoso de cataclismos y de tumultos— y que me despertaba en una pieza irreconocible. Clareaba: una detenida luz general definía el pie de la cama de fierro, la silla estricta, la puerta y la ventana cerradas, la mesa en blanco. Pensé con miedo ¿dónde estoy? y comprendí que no lo sabía. Pensé ¿quién soy? y no me pude reconocer. El miedo creció en mí. Pensé: Esta vigilia desconsolada ya es el Infierno, esta vigilia sin destino será mi eternidad. Entonces desperté de veras: temblando".
Estremecedor, ¿no?
Estremecedor, ¿no?

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